OPINIÓN

POLÍTICA PLÁSTICA

Los Políticos

Salvador Muñoz

Hablemos de la política plástica.

Ésa donde el discurso puede estar arrugado, pero el rostro… impecable. ¿No ha notado usted que su dirigente partidista últimamente trae el cutis más terso que muñeca Barbie recién desempacada? O como diría Mastuerzo: “muy nariz… tan respingado”. Y no, no es que ya no sea el mismo por soberbia o por poder –que también– sino porque literalmente ya no es el mismo: lo estiraron, lo rellenaron o lo plancharon.

Nuestros políticos y políticas quieren verse sonrientes, joviales, radiantes para nosotros. No gobernar mejor, no resolver más… verse mejor. Y para eso está “la Sustancia”, dijera Demi Moore: Botox, ácido hialurónico, bioestimuladores, rellenos y uno que otro milagrito que promete borrar años, arrugas y –a veces– la expresión humana.

Ojo: la medicina estética no es el demonio. Verse bien y sentirse bien es válido. Incluso, un político feliz debería repercutir positivamente en el pueblo… en teoría. El problema es cuando el bienestar personal avanza más rápido que las políticas públicas.

Y esto no es nuevo… Así vimos cómo aquella política cuerpo de uva –o como le decían en corto, gordibuena– pasó a ser una diputada curvilínea, con pechonalidad de horario estelar y talento de televisión. Evolución personal, dirán algunos. Marketing corporal, dirán otros. El caso es que el cambio fue tan radical que la narrativa ya no alcanzó a explicarlo.

Y aquí sí hay que decir nombres, porque Jessica Ramírez nunca tuvo empacho en reconocer sus cambios. A ella no le cargaron la mano por pasar por la clínica, sino –seamos honestos– por ser de Morena. Porque antes que Jessi, hubo panistas y priístas que, curiosamente, parecían conocer al mismo doctor. En una legislatura, los cambios fueron tan notorios que uno dudaba si estaba en el Congreso o en la sala de espera de una clínica estética de Polanco con especialidad en Buchonas.

Los hombres no se salvan. El caso que muchos recuerdan es el de Jorge Carvallo Delfín, quien se respingó la nariz y dejó la sospecha de que también se estiró la cara… porque la frente, misteriosamente, le creció. No envejeció: se expandió.

A Héctor Yunes Landa lo tundieron sin piedad: dicen que si los votos lo traicionaron, el botox tampoco ayudó. La cara hablaba más que el discurso. El ejemplo reciente de Alito confirma que hay tratamientos que no perdonan ni la incongruencia.

O qué tal Pepe Mancha y su injerto de cabello… pelo por pelo dice que se les fueron poniendo…

Eso sí: hay a quienes la intervención médica les cayó de maravilla. Y hay otras y otros que, francamente, debieron demandar al especialista por daños estéticos y daños a la credibilidad pública.

Y luego están los casos tipo Ludwika Paleta versión política: cuchillo, tijeras, hilos, rellenos y botox con tanto entusiasmo que ya no fueron las mismas personas. Por ahí se cuenta –leyenda urbana, claro– que en un municipio del norte una candidata se cambió tanto que los votantes ya no la reconocieron… ni las autoridades electorales le reconocieron el triunfo.

Lo único seguro es que la medicina estética sí repercute en el estado de ánimo de nuestros políticos: se empoderan, se esponjan como totoles, se sienten invencibles. El problema es que también repercute en el ánimo de los gobernados… y de los periodistas, que se encabronan viendo a políticas y políticos con cutis de plástico, cuerpos de tentación y resultados de cartón… aclaro: no es general… la actitud de los políticos de plástico… el malestar sí… ¿acaso envidia? Pero bueno, una cosa es rejuvenecer el rostro… y otra muy distinta es estirar la realidad.

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