Columna de Opinión
Zaira Rosas
¿Qué tienen en común Albania, Israel y México? A simple vista hablamos de territorios aislados entre sí, con culturas e incluso religiones totalmente distintas, sin embargo, la ocupación de sus territorios es el punto común. Los desplazamientos de sus habitantes originales disfrazados de progreso, la justificación publicitaria y por supuesto inversiones millonarias que arrasan con el hábitat con tal de llevar a cabo su objetivo.
Para los mexicanos no es ajeno el desplazamiento, lo que hoy es México es resultado de una colonización, pero si bien en la historia aprendimos de cómo se erradicaron a poblaciones enteras, la opresión, discriminación y múltiples cambios culturales, pareciera que en la actualidad múltiples autoridades olvidan que la inversión no justifica el daño que pueden traer consigo las empresas internacionales.
México es una gran reserva de recursos naturales, con lagunas legales que múltiples industrias buscan aprovechar y de seguir ignorando la realidad de distintos puntos podríamos tener consecuencias devastadoras no solo sobre el medio ambiente sino también sobre nuestra propia población. El ejemplo más claro fue el complejo turístico de Perfect Day en Mahahual, sin embargo, ahora los ojos deberían estar en Topolobampo, Sinaloa y su planta de amoniaco, pero no hablamos lo suficiente de ello.
La narrativa se repite una y otra vez bajo el mismo guion. Primero llegan las promesas de empleo, crecimiento económico y modernización.
Después aparecen campañas publicitarias que presentan los proyectos como inevitables y benéficos para todos. Finalmente, cuando las obras avanzan, las comunidades descubren que el precio a pagar es mucho mayor de lo anunciado: alteración de ecosistemas, presión sobre recursos naturales, aumento del costo de vida y pérdida gradual de su identidad cultural.
Surgen las marchas constantes que no vemos en pantallas y poco resuenan, porque así la indignación no mancha los intereses económicos y políticos, pero estas deberían ocupar toda agenda pública antes del fútbol, tal como mencionaron múltiples colectivos, que el entretenimiento no nuble la empatía ante el otro México y las necesidades igualmente apremiantes de otras naciones. Si bien el deporte nos une, también deberían hacerlo las necesidades sociales.
Lo mismo ocurre en otras regiones del mundo. La familia Trump ha manifestado interés en desarrollar proyectos inmobiliarios de lujo en Albania, mientras que celebridades y grandes inversionistas anuncian complejos exclusivos en Israel bajo el argumento del desarrollo económico. Aunque los contextos políticos son distintos, la lógica es similar: territorios convertidos en mercancía para atraer capital y consumidores de alto poder adquisitivo. Los habitantes originales rara vez participan en la toma de decisiones y con frecuencia terminan adaptándose a proyectos diseñados para otros.
Se trata de una forma de colonización más sofisticada que la de siglos anteriores. Ya no llega necesariamente mediante ejércitos o conquistas territoriales, sino a través de contratos, inversiones y campañas de relaciones públicas. El resultado, sin embargo, puede ser parecido: comunidades desplazadas, culturas relegadas y recursos explotados para beneficio de quienes concentran la riqueza.
Defender el desarrollo no significa aceptar cualquier proyecto sin cuestionamientos. El verdadero progreso debería medirse por la capacidad de mejorar la calidad de vida de quienes habitan un territorio, sin desplazarles ni disfrazar el progreso como una máscara más de la explotación. El desarrollo no se mide por el tamaño de la inversión anunciada, ni por la cantidad de turistas o inversionistas que puedan llegar. Cuando los beneficios quedan en manos de unos cuantos, y los costos recaen sobre la población local, no estamos frente a una etapa de crecimiento, es más bien una nueva forma de colonización.
La pregunta no es si México debe recibir inversiones extranjeras. La pregunta es cómo generar estas inversiones buscando un beneficio mutuo, donde las empresas se sometan a regulaciones igual o más estrictas que en sus propias naciones y las fuentes de empleo lleguen con condiciones equitativas de crecimiento. Lo que sucede en otras partes del mundo es un recordatorio de lo que no podemos permitir: nuestro propio desplazamiento para beneficio de unos cuantos y a costa de apropiaciones culturales. Alcemos la voz para defender nuestras tierras, a la gente y también los ecosistemas.
De lo contrario, corremos el riesgo de repetir la historia que tantas veces hemos condenado: ver cómo nuestros territorios dejan de pertenecer a quienes los habitan para convertirse en espacios diseñados para quienes pueden comprarlos.

