Los Políticos
Salvador Muñoz
Hay un extraño talento en el sistema político mexicano: fabricar a sus propios adversarios.
A veces no lo hace queriendo. A veces sí. Pero cuando el poder se obsesiona con alguien, termina inflándolo. Lo convierte en símbolo, en resistencia, en esperanza… y si la víctima conecta emocionalmente con la gente, entonces nace algo todavía más poderoso: una candidatura.
Ahí está Xóchitl Gálvez.
Antes del famoso portazo en Palacio Nacional, era una senadora con presencia mediática, sí, pero lejos todavía de convertirse en el fenómeno opositor que terminó siendo. Bastó que desde el poder la señalaran diario, la ridiculizaran en la mañanera, le negaran la entrada a Palacio aun con un mandato judicial bajo el brazo, para que ocurriera el milagro político mexicano: la víctima se volvió heroína.
El sistema quiso exhibirla… y terminó graduándola de candidata presidencial.
Ahora bien, lo interesante no es sólo Xóchitl, sino que el fenómeno se repite.
En Michoacán, Grecia Quiroz apareció en el imaginario colectivo tras el asesinato de su esposo. La forma en que enfrentó la tragedia, el tono, la postura, el temple, provocaron algo muy mexicano: la gente comenzó a proyectar en ella una posibilidad política. De pronto ya no era sólo una víctima; era una figura pública con potencial electoral. Ya se hablaba de gubernaturas, de candidaturas, de futuro.
Y aunque el ruido bajó, el personaje quedó sembrado, porque así funciona esto: la oposición guarda esas figuras “en refrigeración emocional” hasta que las necesite.
Y hoy, el turno parece ser para Maru Campos.
La gobernadora de Chihuahua empieza a recorrer el mismo caminito que recorrió Xóchitl y en parte Grecia: presión política, embates, señalamientos, intentos de desgaste… y del otro lado, el panismo cerrando filas alrededor de ella como posible figura rumbo al 2030.
Y por el lado de la gente, la ponen en camino de ser una Opción…
Lo curioso es que los tres casos relevantes tienen algo en común:
Son mujeres.
Y eso tampoco es casualidad.
Porque en tiempos donde el discurso oficial habla todos los días de empoderamiento femenino, violencia política de género y reivindicación de las mujeres, cualquier intento de acoso político contra una figura femenina puede generar el efecto contrario: convertirla en símbolo.
El poder cree que golpea. La oposición cree que rescata. Y la ciudadanía termina viendo una mártir política. Es el “efecto portazo”: Cuando el sistema cree cerrar una puerta y termina abriendo una candidatura.
Claro… aquí también hay oportunismo.
Porque sería ingenuo pensar que los partidos opositores no aprovechan el fenómeno. Lo hacen. Lo administran. Lo explotan. Lo convierten en narrativa. La víctima deja de ser sólo víctima y pasa a ser activo electoral.
Paladina. Figura. Heroína. Esperanza.
Porque la oposición hoy tiene un problema gravísimo: carece de liderazgos naturales. Entonces necesita fabricar símbolos. Y curiosamente, el oficialismo se los está regalando.
Quizás ése sea el lado más flaco del poder: su incapacidad para entender que cada exceso produce resistencia; que cada ataque desmedido genera empatía; y que cada intento por aplastar a alguien puede terminar levantándolo.
A veces, el mejor publicista de la oposición… termina siendo el Gobierno. Mientras, Maru Campos vive su Portazo.

