OPINIÓN

EL INSURGENTE ESTEBAN Y EL PROFE BAUTISTA

Los Políticos

Salvador Muñoz

Si hubo un movimiento capaz de sacudir las entrañas de México en las postrimerías del siglo pasado, ése fue el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

De la noche a la mañana, el país encontró un símbolo que hacía mucho no tenía: un pasamontañas, una pipa y una voz que hablaba de los olvidados. Más allá de las armas, el zapatismo terminó convirtiéndose en una poderosa corriente de ideas que puso sobre la mesa conceptos que hoy parecen cotidianos, pero que entonces eran reclamos urgentes: democracia, justicia, igualdad, autonomía y dignidad para los pueblos indígenas.

Treinta años después, vale la pena volver la vista hacia uno de aquellos veracruzanos que decidió involucrarse en esa causa.

En junio de 1996, el subcomandante insurgente Marcos reconoció formalmente al profe Esteban Bautista Hernández como integrante del Frente Zapatista de Liberación Nacional. El documento existe. Ahí están las firmas del propio Marcos, del Comandante Arturo y del Mayor Insurgente Moisés. Ahí está también la referencia al Comité Civil de Diálogo “Sociedad Civil Zona Náhuatl”, integrado por habitantes de Tatahuicapan y Mecayapan.

Era otro México.

Era el tiempo en que muchos creían que la transformación del país sólo podía venir desde la resistencia social y desde la organización de quienes históricamente habían permanecido al margen de las decisiones nacionales.

Pero cuando uno revisa aquel documento firmado en La Realidad, Chiapas, descubre algo más interesante: las causas que motivaban a aquellos hombres no eran precisamente menores. Hablaban de luchar por techo, tierra, trabajo, pan, salud, educación, cultura, democracia, justicia, libertad y paz. Hablaban también de construir un país donde el gobierno fuera realmente del pueblo, para el pueblo y por el pueblo.

Dicho de otro modo: buena parte de las demandas que la Cuarta Transformación ondea, ya estaban plasmadas hace tres décadas en aquellas hojas firmadas desde la Selva Lacandona.

Tres décadas después, el escenario es completamente distinto.

Aquel profesor que alguna vez caminó la selva para asumir los principios del zapatismo y llevarlos a las comunidades indígenas del sur veracruzano, hoy preside la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado. Ya no porta un fusil pero ocupa uno de los espacios de mayor influencia política en Veracruz.

Y quizás ahí radique lo interesante de esta historia.

Porque más allá de simpatías o diferencias ideológicas, pocos personajes pueden presumir haber recorrido un trayecto tan singular: de una organización que cuestionaba al sistema político mexicano desde la periferia, a una posición desde la cual forma parte de las instituciones encargadas de construir acuerdos, elaborar leyes y conducir el rumbo político de Veracruz.

Hay quienes pasan toda una vida señalando lo que está mal. Hay quienes protestan. Hay quienes resisten. Y hay quienes terminan llegando al lugar donde se toman las decisiones.

Esteban Bautista forma parte de estos últimos.

Sí, insistimos, ya no anda con fusil. Pero muchas de las banderas que enarbolaba aquella generación siguen ondeando en la agenda pública: la defensa de los pueblos originarios, el combate a la desigualdad, la búsqueda de mejores condiciones de vida para las comunidades indígenas y la exigencia de justicia social.

Por eso la historia de Esteban Bautista adquiere un significado especial.

Porque representa el tránsito de una generación que soñó con cambiar las cosas desde la protesta y que hoy tiene la oportunidad –y la responsabilidad– de hacerlo desde el ejercicio del poder.

Hace treinta años, el zapatismo ofreció una esperanza a miles de mexicanos que se sentían excluidos de las decisiones nacionales.

Treinta años después, algunos de aquellos jóvenes idealistas ocupan espacios de decisión donde la verdadera medida de las convicciones no está en discursos de tribuna, sino en la capacidad de convertir esas ideas en políticas públicas, en leyes y en resultados concretos cuando se tiene la posibilidad de gobernar.

Hay quienes conocieron al Insurgente Esteban.

Hoy conocen al Profe Bautista.

Entre uno y otro hay treinta años de distancia, pero también la historia de un hombre que pasó de abrazar una causa en la Selva Lacandona y llevarla al Tatahuicapan, a encabezar el órgano político más importante del Congreso veracruzano.

Y quizás ahí se encuentre la verdadera dimensión de esta historia: no en el hombre que llegó a Chiapas hace tres décadas, sino en la posibilidad de comprobar cuánto de aquella lucha por la democracia, la libertad y la justicia logró sobrevivir al paso del tiempo para convertirse en realidad.

 

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